CEN INFORMA
16.01.2015
El ¿mito? de la deflación, un riesgo que parece no existir pero al que se le pide respuesta
Eurostat publicó, la semana pasada, la tasa de inflación en la Eurozona, que registró en el mes de diciembre una tasa interanual negativa del -0,2%. Esto supone la primera cifra negativa que se registra en la región desde el año 2009. Ante esto hecho, se plantea el temor de que llegue a Europa la temida deflación. Un fenómeno que la economía ha conocido tanto en la Gran Depresión (1929-1933) como en el Japón de los años noventa. 
Según el último número de la revista Cauces, del Consejo Económico y Social (CES). En su artículo Deflación: ¿consecuencia, mito o síntoma de algo más?, el CES explica que “en general, una evolución de precios negativa suele ser transitoria y responder a factores temporales como los efectos base derivados de incrementos acusados en el precio de las materias primas que se han producido en un determinado momento y que después se van suavizando o reduciendo”.

Además, según esta publicación, técnicamente, todavía no se puede hablar de deflación, ya que esta “consiste en una caída persistente, y que se retroalimenta negativamente, de una extensa variedad de precios”. En sentido estricto, y según la definición del FMI, la deflación aparece cuando la tasa de inflación interanual ha sido negativa durante dos trimestres. En sentido amplio, habría que considerar también el origen, la naturaleza y la persistencia de los factores que están detrás de la reducción de precios, el contexto económico y el comportamiento de las expectativas de inflación”. Por ejemplo, hay que tener en cuenta el reciente descenso de los precios de la energía, debido a la caída del precio del petróleo, que descendió un 18% en el mes de diciembre.

El artículo del CES, sin embargo, explica más causas a las que se debe este descenso de precios en la zona euro. Por ejemplo, advierte de que “las tensiones financieras y la crisis de la deuda soberana han provocado un reajuste en los precios relativos de muchos activos, pero también que la aplicación de reformas estructurales en muchas de estas economías, han contribuido a una evolución a la baja de los precios mucho más acusada pero que, en cualquier caso, son compatibles con el funcionamiento de una unión monetaria”.

Ahora bien, “más preocupante resulta el peso que pueda tener la debilidad de la demanda interna en la aparición de tasas de inflación negativas, compatible con la situación económica actual que no termina de mostrar una recuperación del crecimiento y mucho menos que éste sea sostenido, y ello porque podría dar lugar a una espiral deflacionista en la que las caídas de precios fueran un freno para las decisiones de consumo e inversión de los agentes económicos y, a su vez, esto provocara un parón al crecimiento de la demanda interna”.

En el caso de España, que en diciembre registró una caída anual del -1,1% en su IPC, el artículo asegura que “la fuerte reducción de los precios que se viene registrando desde septiembre de 2013” ha seguido “la misma evolución que los precios de la Unión Económica y Monetaria, respondiendo a factores transitorios derivados del aumento de los precios de la energía y la apreciación del tipo de cambio, pero en este caso también es una respuesta a los efectos del aumento del IVA. Asimismo, también responde a factores más de naturaleza estructural consecuencia de la moderación de los costes salariales y de la existencia de una capacidad productiva ociosa”.

El fantasma de la deflación: los riesgos

La revista del CES abre también el debate acerca de los “riesgos a la baja en la recuperación económica”, del “fantasma de la deflación”. El primero de estos riesgos, según el artículo, “está directamente relacionado con el hecho de que un periodo prolongado de inflación baja o incluso deflación en un contexto, como el actual, de elevada deuda, plantea un riesgo importante para la recuperación de la actividad económica y el empleo”. A este respecto, añade que “una deflación leve y transitoria no tiene por qué ser preocupante pudiendo generar un efecto riqueza derivado de la mayor capacidad adquisitiva en términos reales”. Por otra parte, un reciente análisis en el diario ABC también reconocía que “asalariados, pensionistas y ahorradores salen beneficiados por las bajas tasas de inflación, ya que ven incrementado su poder adquisitivo: con el mismo dinero pueden comprar más”.

Sin embargo, según este medio, “el principal problema de la deflación es que los consumidores, ante las expectativas de que los precios sigan bajando, retrasan sus decisiones de compra, lo que también paraliza la inversión con la consecuente recesión y destrucción de empleo”. En palabras del propio CES, “si la inflación se sitúa por debajo del objetivo durante un largo periodo de tiempo, las expectativas de inflación se terminarán viendo condicionadas, ya que la existencia de deflación o caía continuada de los precios modifica las decisiones de los agentes económicos, precisamente porque tienen unas expectativas de mayores caídas de los precios en el futuro y reaccionan ante ello posponiendo el consumo y la inversión, lo que acentúa la presión a la baja de los precios. Se estarían produciendo efectos de retroalimentación negativos en la economía real que, sumados al hecho de que la caída de los precios fuese sostenida, llevarían a una situación de espiral deflacionista”.

El CES también advierte de que si la baja inflación “se produce en un contexto de bajos tipos de interés, elevada deuda y debilidad del crecimiento con alto nivel de desempleo, sí tendrá efectos negativos importantes. Una caída de los precios y reducidos tipos de interés nominales hará que los tipos de interés reales sean elevados, aumentando la carga financiera asociada al servicio de la deuda, pública y privada, y esto generará un debilitamiento de la demanda y de la producción. Además, bajas tasas de inflación dificultan el proceso de desapalancamiento que todavía continua en muchos países y la posibilidad de recuperación de la competitividad”.

Actuar ante el riesgo de deflación con políticas expansivas

Según reconoce el artículo, “existe una preocupación cierta sobre el riesgo creciente de deflación”, aunque, según las previsiones del FMI, “la tasa de inflación aumentará lentamente en respuesta al ritmo de recuperación económica”, pero se mantendrá en niveles inferiores en torno al 1% en los dos próximos años, porque “todavía existirá mucha capacidad productiva infrautilizada y las condiciones crediticias seguirán siendo débiles”. De esta forma, el CES manifiesta que “no parece existir una situación de deflación a nivel de la zona euro y, en particular, en España, pero sí un riesgo de deflación que dependerá de que no haya perturbaciones inesperadas difíciles de controlar. Lo que sí parece haber es un intenso proceso de desinflación, que no por ello es menor preocupante y también puede condicionar el ritmo de recuperación”.

Según el CES, “hay que diferenciar los factores transitorios –precios de las materias primas y energía y apreciación del tipo de cambio- que son los principales responsables de las fuertes caídas de los precios y que han llevado a algunos países a una situación de deflación, de los factores de naturaleza estructural, asociados al proceso de reformas en muchos Estados miembros, la necesidad de ajuste de precios relativos a una unión monetaria y el exceso de capacidad instalada que dificulta la recuperación económica. Estos factores reflejados en el comportamiento de la inflación subyacente son los que están detrás de que la inflación se sitúe en niveles reducidos de forma sostenida, como respuesta de la mayor sensibilidad de los precios a las necesidades de ajuste de la economía”.

El análisis concluye asegurando que “es necesario considerar el riesgo de deflación como un riesgo real y actuar de forma preventiva en los ámbitos necesarios con el objetivo de impulsar la demanda antes de tener que enfrentar una situación de deflación. Para ello, se debe continuar desarrollando una política monetaria expansiva, pero siendo conscientes de su cada vez menor margen de maniobra y de que con tipos de interés muy bajos, como los actuales, puede perder eficacia por lo que deben adoptarse también medidas impulsoras de la demanda desde otros ámbitos de la política económica”.

Deflación buena y deflación mala

Del mismo modo, la deflación está alimentando el debate entre los economistas, que, según El Confidencial, pueden distinguirse entre “desinflacionistas” (defienden que aún no se puede hablar de deflación, sino de enfriamiento en la marcha de los precios) y los “deflacionistas) (creen que tras seis meses consecutivos de tasas negativas ya se puede hablar abiertamente de deflación).

Del mismo modo, los expertos también marcan diferencias entre la “deflación buena” y la “deflación mala”. Es decir, “como si se tratara del colesterol, que tiene sus dos versiones (la buena y la mala), una caída de los precios que viene auspiciada por un descenso de los costes (como en este caso el petróleo) no resulta tan peligrosa. De hecho, en un momento como el actual, en el que la economía española está reuniendo ingredientes para consolidar la recuperación, el descenso de la factura energética favorece a las arcas públicas, a las empresas y al bolsillo de los consumidores”. Sin embargo, la “deflación mala” consistiría en “el descenso de la confianza de los consumidores o la posposición de las decisiones de compra a la espera de que los precios sean más baratos en el futuro”.

Por su parte, ayer, el diario El Mundo publicaba este debate al respecto. Para ver el vídeo, pulse aquí.
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